sábado, 9 de julio de 2011

Manuel Rosales regresa a Venezuela ¿ya pa qué?

Manuel Rosales regresa a Venezuela ¿ya pa qué?: "
“Regresa Manuel Rosales” es la consigna que desde hace poco menos de una semana se viene repitiendo en los medios de comunicación, especialmente del Zulia. Confirmado por su señora esposa y alcaldesa de Maracaibo Eveling Trejo de Rosales quien afirma que mas temprano que tarde pisará suelo zuliano.

Viene por fin a enfrentar a la justicia que lo acusó de peculado, enriquecimiento ilícito y corrupción administrativa. Algo pasó en Perú, entre ceviche y pisco, que le hizo retomar el valor que le faltó para enfrentarla en su debido momento y dar la cara siendo inocente (según él), porque creo que si analizamos la situación del Poder Judicial en Venezuela ésta no ha cambiado en nada, especialmente ahora que los jueces del TSJ reciben un cariñoso bono de diez mil bolívares mensuales solo para hacer la compra con “cesta-ticket” y que podría interpretarse como “otro amarre mas” a la subordinación que ya tienen al Poder Ejecutivo.

Bastante tiempo tiene Rosales en el Perú con el status de “exiliado político” caminando libremente por calles y avenidas como para que ahora quiera igualarse con los que siempre se quedaron y nunca se fueron como por ejemplo Forero, Simonovis, Vivas, Mazuco y ahora Afiuni, verdaderos mártires del acoso, la persecución y la barbarie roja. Esa liga le queda grande a Rosales, especialmente porque si siempre han quedado las dudas del entreguismo electoral de diciembre de 2006, quién asegura que no hay ahora un pacto soterrado con el gobierno para embochinchar las elecciones internas y restarle votos a quienes verdaderamente se merecen ser candidatos presidenciales? Porque no vamos a negar que Rosales aún mantiene simpatías especialmente en el Zulia, estado que puede ser crucial al momento de la elección interna. Se había dicho que el gobernador Pablo Pérez anunciaría su candidatura a las primarias el 5 de julio pasado, cosa que no sucedió y ahora “coincidencialmente” Rosales anuncia su regreso… UNT no puede tener dos cabezas y allí quien manda es Rosales aunque sea a control remoto (al mejor y mas clásico estilo de Caldera en Copei y de chavez en el PSUV).

Ya Manuel Rosales tuvo su oportunidad. ¿pretenderá ganar simpatías nacionales cuando lo esposen apenas baje del avión? ¿Cuándo lo recluyan en Ramo Verde o que le hagan la maldad de remitirlo al Rodeo II? Será que como buen adeco se acuerda que la primera condición de quienes aspiraban a cargos públicos por Acción Democrática era el haber sido presos por la dictadura gomecista o la perezjimenista y ahora viene por su carta aval?

Bastante fuera de lugar me parece el regreso ese que, no creo que sea tanto por exigir justicia en su caso sino por los réditos políticos que pueda alcanzar…y a lo mejor en el comité de bienvenida estarán Borges y Petkoff…no se, a lo mejor!

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viernes, 8 de julio de 2011

Carta Abierta de Daniel Chalbaud Lange a Hugo Chávez // Jubilado de PDVSA

Carta Abierta de Daniel Chalbaud Lange a Hugo Chávez // Jubilado de PDVSA: "
IMAGEN: El 4 de febrero es el Día Mundial contra el Cáncer // Wikipedia

CARTA ABIERTA A CHÁVEZ.

No es lo mismo ver a un amigo padeciendo de cáncer que sentirlo uno mismo pero, por ingrata experiencia, puedo afirmar que peor es cuando el cáncer lo padece una hija, la esposa o la madre. En estos casos el dolor tiene, por un lado, la cara del dolor físico del paciente y, por la otra, del dolor espiritual que en el alma se siente al compartir sus sufrimientos. Como se dice en un joropo llanero: es duro cuando comienza a doler el dolor.

Estoy seguro que te enteraste que mi hija en 1988 y mi esposa en 2002 murieron de cáncer. En ambos casos, me dolió el dolor. Dentro de mi posibilidad económica y me cercanía a Dios, hice cuanto pude por lograr que se curaran. Se impuso la voluntad de Dios.

Este preámbulo es para recordarte que no sólo de cáncer, muriendo vive una persona. El territorio nacional está lleno de viudas, viudos, niños o niñas de la patria -ya hombrecitos o mujercitas- huérfanos de padre o madre, quienes a partir del 2002 comenzaron a padecer la enfermedad de ver y sentir que de un día para otro, después de diez, veinte, treinta y cuarenta años de servicio en Pdvsa, de un plumazo por el lógico reclamo de impedir lo que el tiempo ha confirmado, fueron despojados de lo sagrado que constituye la formación de un hogar con el producto de su trabajo.

Tu cáncer es tuyo y de quienes te aprecien, lo comprendo. Pero la enfermedad conque inoculaste a 23.000 trabajadores y trabajadoras petroleros hizo metástasis en hijos e hijas, esposas o esposos, madres o padres, abuelas o abuelos, tiós o tías, amigos o amigas, tan Venezolanos o Venezolanas como tú. Esa maléfica vacuna la hiciste efectiva, con nombre y apellido, con el triste y muy conocido Listado de Tascón (?), con el Lisitado de Inhabilitados (?) y, con el tiempo, extendida a estudiantes, educadores, militares, enfermeros, agricultores, funcionarios policiales y cientos de miles de desconocidos empleados públicos.

Si es cierto el diagnóstico cubano, cree en su ciencia, pero recuerda que la última palabra la tiene Dios y es a Él a quien tienes que rendirle cuenta de todas tus acciones. Si crees que fuiste justo, espera por su decisión y ojalá no llegue el desespero de tus padres, hermanos e hijos, ante el terrenal reflejo de quien no tiene salvación, de rogarle a Dios que te lleve cargado al destino que te tiene. No les prolongies el dolor sobre el dolor.La mejor cura para mitigar el dolor es la oración en convicción de arrepentimiento.

No tengas temor al sincero arrepentimiento. Dios, por intermedio de un Sacerdote, sabrá perdonarte.
Daniel Chalbaud Lange
06/07/2011.

'Al pueblo se puede engañar, pero a Dios no.
TODOS LOS VENEZOLANOS DE BUENA VOLUNTAD,
DESEAMOS DE CORAZON,
QUE SE CUMPLA LA VOLUNTAD DE DIOS".
Anónimo
REMISIÓN: Haydée Irausquín
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A mí no me pagaron, yo vine porque quise

A mí no me pagaron, yo vine porque quise: "

“A mí no me pagaron, yo vine porque quise” decían las más de 500.000 seguidores del Partido Verde que acudieron al centro de convenciones Gonzalo Jiménez de Quesada el 20 de junio de 2010, tras haber perdido la posibilidad de ver llegar al líder del partido a la presidencia de Colombia. “A mí no me pagaron, yo vine porque quise” fue la frase que retumbó en los oídos de las 500.000 personas vestidas de verde de los pies a la cabeza, que gritaban al aire mientras sacudían con ímpetu sus girasoles. Más allá del fracaso del entonces candidato verde, Antanas Mockus, de animar a sus seguidores y mostrarles el triunfo que fue conseguir 3.120.000 votos para la segunda vuelta de la contienda, esa frase “a mí no me pagaron, yo vine porque quise” tiene menos fuerza de la que se creyó en ese entonces. En ese momento el partido verde, virgen de elecciones, candidaturas y la política, logró convocar a millones de estudiantes y jóvenes que hasta el momento habían sido apáticos a los problemas actuales del país. Este triunfo no lo ha compartido ningún otro partido en la historia, por lo menos no en la misma dimensión. Tristemente hoy, con un solo año de vida, este partido pareciera estar al borde de la muerte; ha perdido una cabeza, ha incurrido en contradicciones y ha perdido parte de su columna vertebral: su apoyo virtual.


No hace más de dos meses, el candidato a la Alcaldía de Bogotá del partido verde, Enrique Peñalosa, aceptó públicamente el apoyo político del expresidente Álvaro Uribe para las próximas elecciones, que se llevarán a cabo en octubre. Esta afirmación suscitó una hecatombe casi del mismo tamaño que la prevista por su ahora mano derecha al referirse a una posible reelección en el 2006. Esta táctica política, que en cualquier otro momento o dentro de cualquier otro partido político no hubiera quedado tanto en la mira, ha originado incertidumbres concretas sobre el futuro del partido, pero así mismo, ha puesto sobre la mesa de debate una premisa aún más profunda, arraigada al deber ser de la política colombiana, ¿se vale todo?


La respuesta a esta pregunta, en este caso por lo menos, va más allá de responder si se puede o no ser verde y uribista. En primer lugar, es claro que los verdes quieren ganar y que calculan que es a través de esta alianza que lo van a hacer y tienen razón, una alianza puede ayudar a cualquier partido político a llegar el día de elecciones con más fuerza. Y sí, una alianza con Uribe probablemente aumentaría el número de votos, sobre todo si se tiene en cuenta que a pesar de ser uno de los alcaldes que más ha luchado por la desmarginalización de los barrios pobres, Peñalosa no es querido en los estratos populares, mientras que Uribe sí. Sin embargo, en este partido y en este caso, el problema yace es en el significado de esta alianza. Un partido cuya razón de ser, por no decir su única, fue luchar en contra de la politiquería y de los mecanismos nefastos de hacer política, no puede esperar aliarse con la persona o el partido que simboliza para la mayoría del país, el corazón de lo que el mismo partido critica. Ahora bien, se debe tener en cuenta dos cosas: en primer lugar, la alianza hasta ahora no es con el partido de la U sino con la persona, con Uribe, e idealmente esto no debería ser razón de crítica, pues constitucionalmente, cualquier persona puede apoyar a quien quiera en una contienda electoral. No obstante, Uribe no es solo una persona, es la persona que estaba en frente del país cuando se dieron los mayores golpes de corrupción y parapolítica en la historia de Colombia. Uribe representa grandes logros, pero también la “yidispolítica”, las chuzadas del DAS, el agro ingreso seguro, la “parapolítica” y los falsos positivos, y son justamente estos escándalos de derechos humanos y aquellos abusos de poder y corrupción, que tiñen esta alianza de contradictoria. Así mismo, el problema no es únicamente lo que Uribe simboliza, sino además, el simple hecho de aceptar esta alianza. Hacer alianzas políticas durante época electoral es un mecanismo que se ha dado desde el principio de la historia de nuestra democracia, pero es uno que fue altamente criticado por los verdes durante su campaña para la presidencia.


En mayo del año pasado, después de los resultados de primera vuelta, Peñalosa criticó fuertemente una posible alianza con el Polo Democrático con el argumento de que una unión con cualquier partido iría en contra de los principios de los verdes y la propia razón de ser del partido. Claro, sus argumentos también hacían referencia al Polo Democrático per se, pues no solo diferían en ideología sino en metodología. No obstante, Peñalosa se agarró de manera imbatible a la falta de coherencia que cualquier alianza supondría para el partido verde. Lo que queda claro es la imposibilidad de que los verdes sigan usando la legalidad como uno de los ejes de su discurso, cuando se alían con el jefe de gobierno que tanto protagonismo ha tenido en varios escándalos de corrupción. Así que no, no se puede ser verde y uribista.


Por otro lado, es indudable que la reacción de Mockus también ha dejado mucho de qué hablar. Para varios, él está siendo coherente con sus principios y valores como persona y como político, pues indiscutiblemente para él esta alianza carece de coherencia no solo ideológica sino también metodológica. Sin embargo, hay otros que tildan su partida como un simple paso para adelantar su agenda política, y los últimos rumores de una posible candidatura a la alcaldía de Bogotá, corroboran esta suposición. No se puede negar que es respetable que Mockus prefiera quedarse solo que apoyar algo con lo que simplemente no está de acuerdo y va en contra de sus principios; sin embargo, es doloroso ver cómo un partido que dilucidaba tanto potencial se quede a la deriva porque sus dirigentes no pudieron llegar a un acuerdo. ¿Por qué en el caso con el polo democrático, Mockus que sí estaba de acuerdo con esa alianza, accedió a la visión de Peñalosa de no aceptarla, pero ahora éste no pudo reconocer la de Mockus de no aliarse con Uribe? Era obvio que un partido con cuatro cabezas supondría muchas disputas, pero es triste ver cómo sus dirigentes pusieron sus agendas políticas por encima del futuro de un partido que por primera vez en la historia del país, convocó a millones de jóvenes a salir a votar y lograr conseguir 3.120.000 votos en la segunda vuelta. Entonces, ¿todo vale? No, no todo vale pero entonces ¿qué sí? ¿Valen las alianzas en general o solo algunas? ¿Vale entrar y salirse de partidos políticos como si fueran clubs sociales? ¿Vale aliarse con Uribe pero no con Petro? ¿Vale irse de un partido que uno construyó por estar en desacuerdo con sus dirigentes? Al parecer los verdes estaban equivocados “la unión no hace la fuerza” y para todos aquellos que les siguieron al son de “yo vine porque quise, a mí no me pagaron” quedaron en el olvido de una arenga pegajosa, pero que al parecer carece de signifcado.


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"El cebrasno" ("...un proceso histórico que comenzó a caballo, termina en cebrasno,un hibrido entre cebra y asno...")

"El cebrasno" ("...un proceso histórico que comenzó a caballo, termina en cebrasno,un hibrido entre cebra y asno..."): "

POR:LAUREANO MÁRQUEZ.

Típica vaina cubana, donde hasta la madre natura tiene que valerse de la creatividad para resolver. Parece que por esas cosas del déficit habitacional en la isla, que también alcanza a los animales, una cebra se vio en la obligación de coexistir con dos asnos. Parodiando aquella canción de Benny Moré, podríamos decir: “Cómo fue, no sé decirte cómo fue, no sé explicarme qué pasó, pero un burro la embarazó”.


El resultado de este inexplicable encuentro es un “cebrasno”, suponemos que un varoncito porque si no sería “burrebra”. Fidel, director del zoológico, lo describió como una verdadera rareza: “El animal tiene las patas y orejas rayadas de la madre, y el color y tamaño del padre”. Este hombre sabe de todo.

Lo que llama la atención, por ese simbolismo que ciertos detalles de la vida imponen a los acontecimientos, es que un proceso histórico que comenzó a caballo, termina en cebrasno, un híbrido entre cebra y asno.

El burro es siempre sinónimo de las calamidades por las que hay que atravesar, es por ello que se dice “trabaja como un burro”, para referirse a las personas que tienen que esforzarse mucho. La cebra, por su parte, reúne en sí misma tres especies, en este caso cuatro, con el burro. Es emblema de la indefinición, de eso que suele decirse de algo que “ni es chicha ni es limonada”. El distintivo de las cebras son las rayas, al punto de que se dice de quien obtiene una mala fama sistemática y continuada que “está más rayado que una cebra”.

En fin el cebrasno es el símbolo de los nuevos tiempos que vive nuestra amada metrópoli: trabajo, mucho trabajo por delante para superar errores continuados.

Un momento de indefiniciones históricas, eso que suele llamarse transición. Sin duda la reflexión nos alcanza. Es como para preguntarnos: ¿Qué bestia será la que resuma también nuestras incongruencias? ¿Qué animal híbrido nos saldrá al paso? Tengamos calma, el 2012 está a la vuelta de la esquina.

Fuente:http://www.noticierodigital.com/2011/07/el-cebrasno/
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miércoles, 6 de julio de 2011

Iván Carratu Molina:“Me importa un comino si está enfermo el Presidente”

Iván Carratu Molina:“Me importa un comino si está enfermo el Presidente”

Iván Carratu Molina, Vicealmirante retirado, opinó que “a mí como ciudadano me importa un comino si está enfermo el Presidente. Ese es un problema científico que le compete a su equipo médico y a él”.

Carratu destacó que “comparo esa enfermedad del Presidente (si es que la tiene) con todos los pacientes que van diariamente a las 4 de la mañana al Oncológico. Es paradójico lo que realmente le está ocurriendo como una persona enferma y lo que le ocurre al resto de los ciudadanos que se encuentran en la misma condición”.

En entrevista en Primera Página, por Globovisión, Carratú puso en duda además la enfermedad del Mandatario nacional. “Una persona que tenga 2 operaciones en 20 días no aparece cantando. Me pregunto ¿dónde está el bastón?, ¿dónde está el parte médico del equipo de salud del Gobierno?”.

Sin embargo, dijo que como ciudadano “me importa un comino si está enfermo el Presidente. Ese es un problema científico que le compete a su equipo médico y a él”, dijo.

En su opinión, el tono de las declaraciones de dirigentes del PSUV, como el diputado Diosdado Cabello, permite pensar que algo pasa en alto gobierno. “Se ve la flacidez del poder que se les está desmoronando”.

Sobre el desfile cívico militar que se llevó a cabo este martes por el Bicentenario de la Independencia, dijo que quedó demostrado que el alto mando militar le hace caso únicamente al presidente y que Elías Jaua, vicepresidente de la república, no tiene autoridad.

El Ex Vicealmirante señaló que en el marco de la celebración Bicentenaria se “rompió el concepto apolítico de la soberanía nacional”.

Dijo que “anteriormente en el país la tradición nuestra era que no podía haber fuerza armada extranjera armada dentro del territorio, y cuando Presidente Carlos Andrés Pérez iba a salir, había que pedir permiso, era una condición de autoridad y poder político soberano”.

También manifestó que en el presidente envió un mensaje tanto a la oposición como al gobierno durante su intervención al inicio del desfile cívico militar, donde participó desde Miraflores, rodeado del alto mando militar. Explica que el mensaje fue “yo tengo al alto mando militar”.

La Maldad Totalitaria

La Maldad Totalitaria: "
Por: Fernando Mires - La masa y el líder no constituyen de por sí una religión, como repitió muchas veces Hannah Arendt A. Son su simple simulacro, o si se quiere, una visión degradada de lo divino en lo más banalmente humano. El libro The Origin oft Totalitarism (1951) ocupa un lugar importante en la obra de H. A., lugar que ella probablemente no buscó sino que fue impuesto por el devenir histórico. Esa suerte de selección que, en última instancia es política, ocurre por lo demás con muchos otros autores quienes permanecn en el recuerdo no por los temas a quienes ellos dedicaron mayor atención sino por otros que, debido a circunstancias difíciles de predecir, obtuvieron una mayor publicidad. La publicidad de un texto – quiero afirmar- la determina el tiempo en que vive un autor, no el autor. En el caso de H. A. es fácil constatar que la centralidad obtenida por sus trabajos acerca del fenómeno totalitario obedece a dos razones históricas: la primera, derivada de los imperativos de la Guerra Fría, surgió de la necesidad política de caracterizar al “enemigo” internacional de la democracia occidental: en ese tiempo el estalinismo. Como es sabido, gran mérito de H. A. fue estudiar el totalitarismo en sus dos formas principales de expresión, la nazi y la comunista, pero no como “sistemas sociales” conceptualmente petrificados sino como revueltas “hacia” y luego “desde” el Estado, revueltas dirigidas no sólo en contra de la democracia occidental sino sobre todo en contra de ese legado que recibimos desde la Atenas filosófica: la política como forma de vida destinada a reglar conflictos ciudadanos. Si quisiéramos definir en clave arendtiana el sentido del totalitarismo, habría que decir que el totalitarismo es la anulación de la política mediante el Estado, anulación que lleva a la sustitución de la política por el terror del Estado que sin sustento político se convierte en un Estado total. El Estado total es a la vez el terror total. Y como trataré de demostrar es, desde una perspectiva política, la maldad total o la maldad radical. Con ello ya estoy adelantando que el tema del mal (o de la maldad) y el tema del totalitarismo no constituyen en el pensamiento de H. A. dos “teorías” diferentes sino dos ángulos destinados a abordar la misma realidad: la negación del pensamiento, y en este caso, la negación del pensamiento en la política: el pensamiento político. La segunda razón que explica la centralidad del tema del totalitarismo en la obra de H.A. viene del periodo “post- guerra fría” surgido a partir del derribamiento del muro de Berlín en 1980, símbolo gráfico y real de las diferentes revoluciones democráticas que tuvieron lugar en la Europa del “Este político”. De más está decir que a partir de la caída del nefasto muro, el mundo político vivió una suerte de fiesta democrática. Muchos intelectuales liderados por las visiones de Fukujama y otros, imaginaron que la historia de la anti-democracia quedaba atrás, y en ese ambiente festivo los análisis del fenómeno totalitario realizados por H. A. alcanzaron una ardiente actualidad. El tema del totalitarismo pasó, a su vez, a formar parte del currículum en diversos institutos socio y polito-lógicos y, en ese marco, el texto de H. A. Los Orígenes del Totalitarismo llegó a ser un objeto de imprescindible consulta. Quizás habría que agregar una tercera razón para explicar el relieve político acanzado por el libro de H. A. acerca del totalitarismo, y ella tiene que ver con el hecho ya comprobado de que las visiones ultraoptimistas acerca de una rápida democratización del orbe no tuvieron ninguna justificación. En efecto, después del derrumbe del comunismo no sólo no tuvo lugar la ansiada democratización planetaria sino, además, han sido consolidados nuevos proyectos cuyos objetivos pueden ser calificados, en algunos casos, como para-totalitarios. En breve: los estudios acerca del fenómeno totalitario no han perdido actualidad. Todavía nadie está muy seguro, por ejemplo, si el término totalitarismo, de neta raigambre europea, puede ser aplicado a las teocracias islamistas consolidadas en los últimos tiempos como reacción a la cruzada emprendida por el presidente Bush después del 11.09. Tampoco son avances democráticos los proyectos de poder total que se anidan en las jefaturas ideológicas en algunos países sudamericanos cuyos representantes sostienen ya abiertamente la tesis (de origen fascista) de que el pueblo, la nación, el partido, el gobierno y el Estado deben ser entendidos como una unidad absoluta (por ejemplo, García Linera 2010) En fin, ni el peligro dictatorial, ni las visiones totalitarias han desaparecido del todo. Del mismo modo es imposible afirmar que las democracias de tipo occidental están protegidas para siempre del peligro totalitario. No hay que olvidar que tanto el fascismo como el nazismo emergieron desde el interior de formaciones democráticas. Incluso puede ser posible que en nombre de la propia democracia emerjan proyectos antidemocráticos, ideológicos, fundamentalistas y misionales. Por ejemplo, John Gray, en su ya popular obra Apocalyptic Religion and the Death of Utopía” (2007) ha demostrado con lógica y hechos irrebatibles como al interior del gobierno Bush yacían concepciones totalizantes cuyo objetivo era realizar la utopía democrática mundial no importando los medios que se utilizaran, incluyendo violaciones a los derechos humanos, guerras “preventivas” y -como sabemos por Guantánamo- campos de concentración y torturas. En fin, el ser humano no es democrático por naturaleza –lo que siempre destacaba H. A.- de modo que la tentación totalitaria asoma en tiempos y lugares menos esperados. Incluso en nombre de la democracia. Es en ese sentido que, siguiendo a Kant, H. A. manifestó en diversas ocasiones que la capacidad de pensar va siempre anudada con la capacidad de mentir. O dicho así: casi siempre olvidamos que la razón porta consigo no sólo la posibilidad de razonar sino también la de racionalizar. De este modo somos siempre proclives a justificar los peores actos en nombre de ideales superiores y cósmicas ideologías.
2. De acuerdo a un tratamiento sociologista del tema del totalitarismo, H. A. es considerada como la teórica de los sistemas totalitarios por excelencia. Craso error. Los estudios de H.A. con respecto al tema están muy lejos de ser un análisis de determinadas estructuras sociales, sociológicas o sociologistas de “tipo” totalitario. Del mismo modo será necesario destacar algo que gran parte de quienes se han ocupado de la obra de Arendt han pasado por alto: jamás H. A. desarrolló una teoría del totalitarismo como sistema social. Y no lo hizo porque jamás pretendió ser una teórica social. H.A fue, antes que nada, una pensadora filosófica – y teológica- de la condición humana, sobre todo cuando esta condición se hace presente bajo la luz radiante de la política. Eso quiere decir que ella estaba muy lejos de ocuparse de determinadas teorías sistémicas. Su preocupación central fue siempre el ser humano en relación consigo y con los demás. Ésa, la humana, no es para H. A. una condición antropológica o social, sino – siguiendo la ruta trazada por Husserl y Heidegger pero elevada hacia “lo público”- la de aquel ser humano que “existe siendo” pero sin acceder nunca hacia la totalidad del Ser que es, de acuerdo a la teología arendtiana, Dios. Dios: palabra que no se atrevió a pronunciar Heidegger, pero que sobredetermina toda su concepción del Ser, como ha demostrado, desde su perspectiva judía, Marléne Zarader (1990) en su hermoso estudio sobre la filosofía heideggeriana. Es por eso que afirmo aquí que para alguien como H.A. el totalitarismo no es “un tipo de sistema social”, sino el resultado institucional de la degradación del espíritu, tanto colectivo como individual.. En fin, lo que quiero decir es que H. A. no era Max Weber, ni nada parecido. El totalitarismo (o Estado total) para escribirlo de modo simple, surge, o puede surgir, sobre las ruinas del pensamiento político que es a su vez la condición de vida de esa construcción imaginaria que los sociólogos denominan “la sociedad”. O dicho en exacto sentido arendtiano: allí donde desaparece la diferencia entre el mundo del pensar y el del actuar desaparece la política y así el Estado ya no será de todos sino todos seremos del Estado. Habiendo perdido la condición política, dejamos objetivamente de ser ciudadanos y con ello nos convertimos en seres banales. Y si somos banales, todos nuestros actos, incluyendo nuestras maldades, serán banales. Ese es el sentido original de la “banalidad del mal”. No puede pensarse entonces en la banalidad del mal sin pensar en la banalidad de los malvados, lo que no quiere decir, por supuesto, que el mal será siempre banal. El mal es banal cuando es cometido por seres banales y, sobre todo, banalizados. Los ideólogos, los hechores, los grandes fundadores del Estado totalitario estaban, por el contrario, muy lejos de ser seres banales. Eran, sí se quiere, no demonios, pero sí, seres demoníacos. Pero las innombrables maldades de los seres “demoníacos” no habrían podido jamás cometerse si no hubiesen contado con la colaboración de multitudes de seres banales. Anticipo entonces una tesis: la banalidad del mal es para H.A. una de las condiciones imprescindibles de la radicalidad del mal. O mejor dicho: hay una relación de estrecha colaboración entre la maldad radical y la maldad banal hasta el punto que la primera sólo puede hacerse presente sobre la base de la primera. Al escribir las últimas frases resulta más que evidente que estoy tratando de hacer una relación entre dos textos “clásicos” de H. A. El ya mencionado sobre los orígenes del totalitarismo, y el controvertido estudio sobre el caso Adolf Eichmann: Eichmann en Jerusalén (1964). Dos textos que jamás deberían ser leídos separados el uno del otro. Dos textos que no encierran dos “teorías” diferentes. Dos textos que son tentativas respuestas surgidas frente a esa pregunta que perseguía a H.A. ¿Cómo fue posible tanta, pero tanta maldad en un país supuestamente culto como era la Alemania pre-hitleriana? En el primer texto nos son presentados algunos escenarios y descripciones del horrendo crimen. En el segundo, los banales individuos que hicieron posible el crimen de los cuales Eichmann fue para H. A. sólo un representante entre varios. El libro sobre los orígenes del totalitarismo es, visto de un modo formal, un tomo que contiene tres libros que podrían haber sido publicados perfectamente de modo separado. El primer libro es “El Antisemitismo”, el segundo, “El Imperialismo”. Recién el tercero está dedicado al tema de la dominación totalitaria. Como señala Karl Jaspers en su prólogo a la edición alemana (1955), se trataría de un libro de historia. Pero no es, en estricto sentido, un libro de historia. Analizando la estructura general del libro se observa que los dos primeros textos son de verdad, de historia, pero ellos están puestos al servicio del tercero, que no es de historia. Ese tercer texto titulado “la dominación totalitaria” pese a estar al final de libro es, a su vez, y paradójicamente, el centro del libro. Y si hubiera que definirlo, habría que decir que se trata de un texto político que contiene profundas connotaciones filosóficas, mas no de un texto histórico. H.A. comienza estableciendo una premisa aparentemente sociológica, a saber, que los orígenes del totalitarismo hay que encontrarlos en el derrumbe (desintegración) de las estructuras que conforman la llamada sociedad de clases. Con esa formulación, H.A. se sitúa en polémica abierta con la tesis marxista que confiere un rol progresivo al derrumbe de las estructuras sociales de clase. No así para Arendt. Para ella las clases constituyen el andamiaje arquitectónico que da sentido y forma a la sociedad. Efectivamente: sin clases no hay alianzas de clases ni asociaciones de clase. Cada clase comporta la existencia de asociaciones, las que son inter y extraclasistas. Sin clases no puede hablarse de asociaciones y sin asociaciones no hay, por supuesto, “sociedad”. De acuerdo a Arendt el derrumbe de las estructuras clasistas –que no es lo mismo que la desaparición de las clases- no proviene ni da origen a una sociedad igualitaria sino a una sociedad de masas la que a su vez origina la desigualdad más radical posible que es la que se da entre un pueblo masificado y un Estado que reclama para sí el monopolio absoluto de la política. Mas todavía, según H.A. todo régimen totalitario es precedido por movimientos sociales de masa que se articulan simbólicamente en torno a la figura de un Führer (conductor). De este modo, las clases, aún existiendo, asumen la forma de masa y la masa la forma de populacho (Mob). Este, al que podríamos llamar “momento populista del totalitarismo”, es una condición ineludible a toda formación totalitaria. Por lo demás, H.A. no está muy sola con esa opinión. De una u otra manera es muy similar a la de autores que han visto en la “masificación de lo social” un signo de desintegración no sólo social, sino sobre todo político y espiritual. Entre varios podemos mencionar a Gustavo le Bonn (1951), Sigmund Freud (1993), Elías Canetti (1980) y Ortega y Gasset (1971). “Movimientos totalitarios son movimientos de masa y ellos son hasta ahora la única forma de organización que han encontrado las masas modernas y que parece ser adecuada para ellas”, escribió H.A. (1955:499). Formulando la misma tesis en términos actuales, podemos decir que todo régimen totalitario tiene un origen populista aunque no todo movimiento populista culmina necesariamente en un régimen totalitario. Ese es, por cierto, uno de los postulados principales de quienes han dedicado esfuerzos para estudiar el populismo moderno, entre otros, Ernesto Laclau (2005). El movimiento totalitario sería, en ese sentido, una forma de re- articulación que surge de la desarticulación clasista la que a su vez lleva a la “sociedad de masas”. La desarticulación clasista tiene entonces dos posibilidades: o no es sucedida por ninguna re-articulación y deriva en aquella situación de “anomia” o desintegración general descrita por Durkheim (1967) o encuentra nuevas formas de rearticulación dentro de las cuales las más conocidas son las populistas las que, bajo determinadas condiciones dan origen a sistemas de dominación totalitaria. Ahora, el segundo momento que lleva a la consolidación de un sistema de dominación totalitaria ocurre cuando tiene lugar aquello que H.A. llama alianza entre el populacho (Mob) y la elite. En este punto será necesario precisar que ni el concepto masa (populacho) ni el concepto de elite son usados por H.A. de acuerdo a su significado sociológico tradicional. Según ese significado, la masa estaría formada por los sectores más pobres de la sociedad y las elites, por grupos selectos de profesionales. Para H.A. en cambio, la masa no son “los más pobres” sino todos aquellos que, independientemente a sus pertenencias sociales se ponen bajo la disposición de un líder y de un Estado totalitario. A su vez, las elites no son para ella los grupos más selectos sino articulaciones que se desligan de las relaciones sociales con el objetivo de convertirse, de acuerdo a una expresión de Poulantzas (1968), como “clase en el poder”. Las elites en el sentido arendtiano pueden estar constituidas por una banda de demagogos (caso del nazismo) o por un partido leninista. Hoy podríamos agregar, de acuerdo a casos latinoamericanos (pinochetistas y castristas) por una jefatura militar o, en el caso islamista, por una teocracia impenetrable (ejemplo: Irán). En síntesis, el concepto de elite tiene para H.A. una connotación política y no social, y mucho menos sociológica. Las elites de Arendt no tienen nada que ver con las de un Gaetano Mosca o las de un Wilfredo Paretto. Hechas estas precisiones podemos entonces mencionar el tercer momento que lleva, según H.A., a la construcción del edificio totalitario. Dicha construcción está condicionada por aquello que la filósofa llama la propaganda totalitaria. La propaganda totalitaria precisa, de acuerdo a A. H., de una ideología totalitaria y de un líder totalitario. De ahí que el objetivo de esas propaganda está destinado a minar las reservas espirituales de cada ser humano, su capacidad de reflexión y juicio, es decir, a sustituir las ideas por ideologías. Eso pasa, evidentemente, por la destrucción de las instituciones destinadas a producir ideas, sobre todo las Universidades, las que en un regimen totalitario son convertidas en museos ideológicos. Las ideologías son, en este caso, el sustituto de las ideas o, como formulé en otra ocasión: son sistemas de ideas petrificadas (Mires 2002)Y efectivamente; quien es poseído por una ideología no piensa, es pensado por la ideología. Pero a la vez, las ideologías están representadas por encarnaciones terrenales, y si las ideologías son infalibles, sus representantes también lo serán. La creencia en la infabilidad de líder es, según H.A., uno de los atributos inherentes a todo régimen totalitario.
3. Para muchos autores, la fusión entre ideología, masas y líder contiene en sí los elementos que llevan, tanto desde una perspectiva dogmática como ritual, a la formación de un nuevo tipo de religión. Pero la ideología, la masa y el líder no constituyen de por sí una religión, como repitió muchas veces H. A. Son su simple simulacro, o si se quiere, una visión degradada de lo divino en lo más banalmente humano. Así se explica porque todos los regímenes totalitarios, o con pretensiones de serlo, han entrado siempre en conflicto con las religiones y las confesiones, y uno de sus objetivos principales ha sido y será, si no destruirlas, reducirlas a un status marginal. En fin, de lo que se trata mediante la aplicación sistemática de la propaganda totalitaria es de reducir la capacidad espiritual de cada individuo. Pero como la espiritualidad no puede ser separada de la capacidad de pensar –no olvidemos: el pensamiento es el medio que lleva al espíritu- la reducción de la espiritualidad no puede significar otra cosa que la banalización de cada ser humano a fin de que sea sometido al arbitrio ideológico y policial del líder total, representante del pueblo, de la nación, del partido y del Estado, a la vez. La banalización del ser humano precisa, en consecuencias, de su des-moralización radical, la que no ocurre, por cierto, de un día a otro; se trata más bien de un proceso, y en Alemania, como en otras naciones, ese proceso comenzó aún antes de que Hitler se hiciera del poder. Los estudios de Max Weber acerca de la racionalización de las empresas y del Estado son bastante útiles para todos aquellos a quienes interese analizar los orígenes del totalitarismo moderno, sobre todo si se tiene en cuenta que Hitler y su banda llevaron la lógica de la racionalización al espacio de la política y luego la pusieron al servicio de su objetivo final: el genocidio. De este modo, los campos de concentración eran vistos por sus técnicos y administradores como simples fábricas. Y efectivamente: eran fábricas destinadas a la producción en masa de la muerte. Ahora, des-moralización, desde el punto de vista filosófico significa la supresión de esa segunda voz que potencialmente todos portamos en aquel órgano virtual que llamamos “conciencia”, voz que nos indica, a través de ese dialogo dinámico que es el pensamiento, cuales son las diferencias entre lo bueno y lo malo, entre lo justo y lo injusto, entre lo verdadero y lo falso. Sólo cuando esa voz interior calla, o es enmudecida, seremos definitivamente banales, esto es, seres en condición de dejarse llevar por la voz altisonante del líder supremo que todo lo sabe, que todo lo piensa y en quien sólo necesitamos creer para alcanzar la redención sobre la tierra. Es por esa razón que la des-moralización desde el punto de vista teológico recibe otro nombre: demonización. Para que exista demonización se requieren, como en el Fausto de Goethe, dos entidades. El demonio que nos posee, y el personaje faústico; es decir, el demonio y el demonizado. ¿Y qué es el demonio desde el punto de vista teológico? En primer lugar, un vacío producido por la ausencia de Dios en el alma. Eso significa que si Dios se presenta en lo bueno que hay en cada uno, el demonio no se presenta como presencia sino como ausencia, es decir: como ausencia de bien. Luego, el ser banalizado es el ser vaciado de bien. Sólo a través de ese vacío (o vaciamiento) de las nociones del bien puede penetrar en plenitud la presencia del mal, presencia que sólo emerge frente a la radical ausencia del bien. Pero a la vez, y aquí reside la perversión final de cada proceso de banalización colectiva, la presencia del mal no se presenta en nosotros como mal, sino como bien supremo. O en otros términos: cuando perdemos la noción del mal, perdemos a su vez la noción del bien. Y al no poder o saber diferenciar entre la maldad y la bondad, caemos en la banalidad total, condición a su vez -ésta es la idea de H. A.- de la maldad radical representada en los campos de exterminio: el triunfo del principio de muerte (el mal) por sobre el principio de vida; el asesinato masivo configurado como un simple proceso de producción técnica del cual, en definitiva, nadie aparece como ejecutor total. Es en ese sentido que H. A. vio en los campos de concentración y de exterminio, o en la visión inerranable del Holocausto, aquello que Emmanuel Kant ni siquiera imaginó al acuñar el término del “mal radical” (1995). El mal total, o mal radical puede, a su vez, ser entendido desde la perspectiva de una teología negativa, que eso es al fin la demonología, como la demonización del humano entendiendo por demonización el proceso sistemático que lleva a la anulación pensante del ser (espiritualidad). Esa es, a la vez, una tesis de Hannah Arendt, tesis que fue desarrollada en profundidad en su libro Zwischen Vergangenheit und Zukunft (Entre el Pasado y el Presente). De acuerdo con H.A. es imposible establecer una relación de equivalencia entre ideología y religión (2000: 324) La razón es que mientras la ideología bloquea el desarrollo del pensamiento (espíritu) la religión, para que sea tal, requiere, más allá de sus rituales, de altas cuotas de espiritualidad. Creer en Dios es pensar en Dios, luego no podemos acceder a Dios fuera del pensamiento que es precisamente la instancia que anula cada ideología, sobre todo cuando esta ideología es impuesta desde un Estado total. Ahora, según H. A., una de las propiedades de las ideologías modernas (marxismo, fascismo, liberalismo) es haber eliminado el temor al demonio, o lo que es igual: la creencia en el infierno. El demonio y el infierno no son, por lo tanto, dos entidades materiales –y en ese punto Arendt está de acuerdo con la teología moderna- sino la negación del bien, negación que llegó en Alemania a radicalizarse hasta el punto que lo hechores de los crímenes más horrorosos no se reconocían ni ante sí mismos ni antes los demás como culpables. Con su ironía acostumbrada, dijo una vez H. A. al visitar Alemania, después de la guerra. “Ahora resulta que en Alemania nunca hubo un solo nazi”. “Si el demonio no existe, todo está permitido”, podemos decir invirtiendo la frase del Fedor Karamazov de Dostoyevski. Eso significa que sin la presencia amenazante del mal no reconocemos la posibilidad del bien, y al no poder diferenciar el mal del bien nos convertimos en seres no pensantes (banales). Como escribiera H. A. en su libro Ich will verstehen (Yo quiero entender): “Yo estoy segura que toda la catástrofe totalitaria no habría sobrevenido si la gente hubiera creído más en Dios, o por lo menos en el infierno” (1998: 85). Eso quiere decir que los hombres que llevaron a cabo el Holocausto no sólo eran seres que no conocían la noción del mal. Tampoco –y por lo mismo- eran capaces de sentir culpa. Y, por cierto, como ocurrió con Eichmann, no sabían pedir perdón. El Holocausto es la presencia real de la consumación del mal total, aquella que se expresa en el proyecto de convertir a los humanos en cosas superfluas que pueden y deben ser eliminados por un designio ideológico concebido por seres demoníacos. Ahora, que ese proyecto hubiese sido implementado no sólo por los más radicales malvados de la historia universal sino por seres humanos banales, no sólo no disminuye la radicalidad del mal. Por el contrario: la sobre-dimensionaliza hasta llegar a un punto donde, aún después del horrendo crimen cometido al pueblo judío, ni siquiera el pensamiento puede alcanzar la presencia del mal. Y no lo puede alcanzar porque la banalidad del mal presupone, en primera línea, la eliminación del pensamiento. O dicho así: el pensamiento no puede pensar lo que está afuera del pensamiento: la total, la absoluta, la radical banalidad del mal. La banalidad del mal no es, luego, un atenuante de la radicalidad del mal. Es, si se quiere, su complemento, su condición necesaria. Sin extrema banalidad la maldad radical no podría ser posible.
4. En crónicas después compiladas bajo la forma de un libro, H. A. creyó encontrar en Eichmann el prototipo representativo de la banalidad del mal. Que con su seriedad de gran historiador Hans Mommsen (1964: l- XXXll) hubiese descubierto después de la publicación del libro de H. A. que Adolf Eichmann no era el representante más adecuado de la banalidad del mal sino un gran actor que ante el juicio simuló ser banal con la esperanza de salvar su miserable vida, no devalúa en nada la idea de H.A. en el sentido de que su descripción de Eichmann corresponde, si no con Eichmann, con la biografía de miles de ciudadanos alemanes cuya conciencia fue minada desde el poder y cuya noción del bien fue sepultada bajo el peso de una ideología del mal. Miles de seres vaciados de sí mismos, individuos atomizados que dejaron de ser personas para convertirse en hordas, piezas de una maquinaria infernal puesta al servicio de la muerte colectiva. Los Eichmann, descubrió Hannah Arendt, pueden ser incluso muy inteligentes, prolijos y responsables en sus trabajos. Pueden cultivar incluso, y con gran dedicación, todas las llamadas virtudes secundarias (puntualidad, limpieza, orden, disciplina, etc.) Pueden ser, además, excelentes “jefes” de familia. Pero no saben o no quieren pensar. Y pensar, para H. A. - en ese punto sigue a Kant quien siempre hacía la diferencia entre el pensar y el entender- viene de una actividad, no de una pasividad del espíritu. Sólo a través del pensamiento activo –hay que repetirlo- podemos reconocer la diferencia entre el bien y el mal. H.A. vio en Eichmann lo que fueron muchos cómplices y actores del nazismo: un ser incapacitado para pensar y por lo mismo alguien que al no saber distinguir la diferencia entre el bien y el mal sólo podía funcionar, pero no vivir. Un funcionario, es decir, alguien que funcionaba y nada más. Sin esos seres funcionales ninguna dictadura totalitaria puede ser posible. Sin la horrible banalidad del mal –“frente a la cual la palabra falla y el pensamiento fracasa” (Arendt 1964:300) - el mal, en su expresión total y radical, nunca habría podido existir.
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El amigo y diputado de la AN: Luis Barragán, nos habla del proyecto de ley que tergiversará la historia de los sesenta en Venezuela

El amigo y diputado de la AN: Luis Barragán, nos habla del proyecto de ley que tergiversará la historia de los sesenta en Venezuela


Luis Barragán ND
Sobre el viejo y nuevo terrorismo de Estado
27 Junio, 2011



En fecha 21 de los corrientes, la bancada oficialista planteó la primera discusión del Proyecto de Ley para Sancionar los Crímenes, Desapariciones, Torturas y Otras Violaciones de los Derechos Humanos por Razones Políticas en el Período 1958-1998 (PL), cuyo ponente fue el diputado Fernando Soto Rojas. Familiares y relacionados de las víctimas, acudieron al hemiciclo, aunque no pudo escucharse a José Vicente Rangel, igualmente invitado, pues se retiró luego de la prolongada y justificada paralización de la sesión ocasionada por el arbitrario propósito de allanar la inmunidad parlamentaria de William Ojeda.


Hábito interesado, a última hora comparten la propuesta escrita definitiva, precedida por una campaña en los medios oficiales que la generaliza. Importa reconocerlo, hay una ambientación previa que acarrea un desafío adicional para el debate.

Por lo pronto, observamos:

1) El proyecto constituye un recurso extraordinario para la segregación, el revanchismo político y la estigmatización gubernamental de todo oponente o disidente. Exclusivamente destinado a proteger – según lo entiende – a los “militantes revolucionarias y revolucionarios” del período 1958-1998, protección especial; luchadores “anti-imperialistas, por la democracia popular y el socialismo en Venezuela”; atribuyendo al Ejecutivo Nacional el reconocimiento y la declaración de “marti (SIC) por la democracia popular, la liberación nacional y el socialismo” (PL: artículos 1, 4, 17, 20, 23). Y, aunque cabe la posibilidad de promulgar leyes especiales orientadas a la protección de las personas en circunstancias muy específicas, el proyecto de marras comporta una desuniversalización de la ley, institucionalizando – por lo demás – a determinadas expresiones de la sociedad civil, incluyendo a grupos paramilitares como los colectivos, en detrimento de entidades de meritoria trayectoria (por ejemplo, COFAVIC). Establece
una garantía de no repetición de los hechos denunciados, circunscritos al referido período, indicio de una inevitable vocación universalista que frenan los actuales intereses del poder establecido (PL: 17). Evidentemente, niega los excesos y las víctimas del propio proceso subversivo, el papel de las Fuerzas Armadas Nacionales y, añadimos, los alcances de la otrora Política de Pacificación, gracias a un instrumento legal en ciernes de radical parcialidad y sentido político e ideológico.

2) Invocado el artículo 29, importa hacerlo también con los artículos 30 y 31, todos constitucionales, habida cuenta de las denuncias interpuestas y decisiones adoptadas por la Corte Interamericana de Derechos Humanos por estos años, demostrativo de un intención y utilidad política inmediata del proyecto. Por cierto, al referirse a las fuentes empleadas, el expositor de los motivos del proyecto no puede desactualizar los derechos humanos, reconociéndolos únicamente para el período que le interesa.

3) Consagrada el delito político para un sector de la población, novedosamente tipificado el de la postura – según lo entienden – anticomunista, pues establece un suerte de fuero para los que profesaron o profesan la “doctrina anticomunista de la contra-insurgencia” (PL: 4, 6). En última instancia, consagra al enemigo interno propio de las consabidas doctrinas continentales de seguridad nacional, a la que se apegan aunque paradójicamente la cuestionen, desconocido el principio de corresponsabilidad del Estado y la sociedad civil para definirla e implementarla de acuerdo al artículo 326 constitucional.

4) Reto en materia probatoria y, acaso, consagración de la presunción como elemento suficiente para castigar, establece un conjunto interesante de modalidades y tipos de terrorismo de Estado que sería, en el fondo, la finalidad legislativa. Partimos de la pérdida de posibilidades laborales y académicas, hasta la desaparición forzada, etc. (PL 6, 19), aunque lucen redundantes invocar el acceso a la justicia, la celeridad de las diligencias del Estado o el derecho a la verdad (PL: 8, 9, 13). Acá diferenciamos entre las manifestaciones clásicas del terrorismo de Estado, y las más novedosas o sofisticadas que escapan del ámbito temporal del proyecto. Sostenemos que, a una sociedad de una básica e irrebatible cultura democrática, le ha correspondido otra expresión de terrorismo de Estado, ejercido por delegación para no implicarlo o responsabilizarlo directamente, quizá de baja intensidad que reporta también un déficit de autoridad, pues, la población ha estado a la merced de organizaciones pro-gubermanentales o
para-gubernamentales que la acechan y agreden sistemáticamente, con la aquiescencia, indiferencia o negligencia interesada del Estado. Incluye la militarización de la sociedad, la reclusión de la disidencia política y de los protestatarios sociales con la delincuencia común. El sometimiento al escarnio público de la dirigencia opositora, la acusación de golpista o apátrida de todo disidente, las inhabilitaciones administrativas, el servicio forzado de los empleados públicos para labores de proselitismo, el desconocimiento de la inmunidad parlamentaria, la obstaculización del cabal ejercicio de los derechos políticos, por no citar los exilios arbitrarios, el hostigamiento, el perjuicio patrimonial, las amenazas de muerte, la extorsión, la impunidad derivada de indultos o amnistías selectivas que contempla el propio proyecto (PL: 1, 2).

5) Llama la atención que el Ejecutivo Nacional, considerado única manifestación del Poder Popular, monopolice la materia, pues la Comisión de la Verdad sorprendentemente está adscrita a un despacho ministerial, limitada temporalmente, sin precisión alguna de su naturaleza jurídica (PL: 4, 7, 10, 11, 17). Rompiendo con lo universalmente entendido e implementado respecto a las comisiones de la Verdad, añadimos una confusa relación institucional con el Ministerio Público o la Defensoría del Pueblo o el reconocimiento exclusivo que pueda dispensar a través del registro interesado de las personas y casos. Curiosamente, la instancia dependiente del Presidente de la República, está integrada por fiscales de hecho, quienes “podrán actuar por cuenta propia o por intermedio de un delegado plenamente facultado para tal efecto”, pudiendo imputar a aquellos que no le presten la colaboración solicitada (PL: 10, 15)

6) Interesante la consideración en torno al patrimonio documental público y privado que abrirá dicha Comisión del Ejecutivo (PL: 13, 14, 16). No obstante, actualiza la necesidad de actualizar la legislación sobre los archivos públicos, el papel del Archivo General de la Nación y la desclasificación de los documentos policiales, partidos, medios impresos y audiovisuales, agregando hasta militares capaces también de dar cuenta de los procesos disciplinarios hipotéticos relacionados con la materia.

7) Delicado “rescate de la memoria histórica” (PL: 1), que olvida otras incidencias como el golpismo recurrente de derecha o la denostación de Fidel Castro contra el PCV, en los sesenta. Hay una interesada interpretación histórica subyacente que evade la responsabilidad misma de la insurrección marxista, consabidamente errada, amén de dar al traste con toda la discusión política e ideológica que generó la derrota entre las décadas de los sesenta y setenta. Peligroso rescate, pues protege de antemano la versión oficial de acontecimientos concretos que parte de El Porteñazo hasta el 4-F y la posibilidad abierta de inculcarla acríticamente a través de los textos escolares (PL: 23). Valga reconocer el coraje de los denunciantes de entonces, recordando que José Vicente Rangel nunca perdió la inmunidad parlamentaria por ello. Sostenemos que el proyecto en cuestión, está orientado a una “cacería de brujas” que implicará a quienes no vivieron aquellas décadas, por las obvias razones de edad.

A modo de conclusión, la importancia, pertinencia y posibilidad es la de una Ley Contra el Terrorismo de Estado que actualice sus formas o modalidades, en la cual – universalizada, sin delimitación temporal – puedan también subsumirse los casos o eventos de las décadas pasadas. Sostenemos la urgencia de perdonar haciendo justicia, sin añadir otros artificios para una discordia que se nos antoja frecuentemente morbosa.


@luisbarraganj